Vanity fair


Todo estaba preparado para el gran espectáculo: Luz, nada de cámaras, y aún faltaba la acción.
Pero, aún así, era el más grande espectáculo de todo el mundo.

Los actores se removían inquietos en los camerinos, balbuceando, pellizcándose, gritándose frente al espejo, paseando hacia arriba y hacia abajo, una y otra, una y otra vez, y , finalmente, serenándose.

El teatro estaba vacío, las butacas sumidas en la oscuridad y un sólo foco para iluminar el escenario, como un sol.
Y todo estaba por fin listo.

Salieron uno a uno, tal y como estaba escrito, y comenzaron a actuar, a vestirse de sus personajes y hacerse ellos.
La princesa gritaba en su torre hasta perder su delicada voz, el príncipe traicionado asesinaba a su gordo padre, para después terminar suicidándose, mientras el siniestro y encorvado consejero era despiadadamente apuñalado.

Las piezas del puzzle se movían lento, despacio, y poco a poco iban encajando. En un baile patético y estrambótico, en una obra de un acto y de una primera y ultima representación.

El corazón del rey, agujereado como un queso, batía la sangre más allá de su pecho, los pies del joven príncipe se balanceaban tan inertes como su dueño, y la obra, lentamente, iba dejando de ser obra mientras la ficción se difuminaba con la realidad.
Los actores, sus nombres, sus pasados eran ,a cada palabra, a cada sílaba, a cada letra, a cada simple y estúpido sonido que salía de sus bocas, sustituidos por el de sus personajes.

Y así, con la exactitud de un reloj bien engrasado, aquellas locas ficciones reales iban tomando asiento en las cómodas butacas de la eternidad, entre todas las historias que fueron y serán, porque ellos ya no eran de este mundo ni de ninguno, porque ahora (y tal vez siempre lo estuvieron) estaban hechos de papel.


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