Qué vello!

Una vez más tengo la extraña sensación de que, de alguna manera, me he traicionado a mi misma. Hoy queridos extrainternestres he ido a padecer la depilación láser. Porque aunque parezca que no, aunque los anuncios de corporación dermoestética intenten engañarte, la verdad, es que duele.
Es una tortura lenta. Con un radio de alcance de un par de centímetros, el maléfico aparato recorre tu piel lentamente, degustando el arrasar a los pelos más rebeldes, casi como cerdas, porque por desgracia lo mio no es tener poco pelo. Típica chica blanca con pelos, la desgracia cotidiana de la genética.

He respirado fuerte, me he mordido los labios, he mirado el objeto repentino de mi malestar ¡Casi quería llorar! También he intentado perderme en el sonido continuo de la máquina, seguir el ritmo e intentar alejarlo del dolor, pero no podía. Un aguijón conseguía siempre interrumpirme.
¡Quería pelo, pelo pelo! ir en contra de todo lo que se supone que es bello, ir con lo vello, con el vasto matojo selvático que recorre mi cuerpo.
Pero las razones, afortunadamente, eran más médicas que estéticas, y eso, quieras que no consuela un poco.

Aunque, si estoy escribiendo esto, es para explicar el momento más extraño de toda esa escena sacada de otro mundo.
Ella me estaba agarrando los pies, colocándolos delicadamente, recorriendolos con esa ternura tan femenina que tienen algunas mujeres, de la que yo , creo, carezco. Y sus manos aún sujetaban ligeramente mis pies cuando empezó a usar el láser, fue instantáneo. Dolor. Nunca, después de ese segundo en el que ella había sostenido, mis pies lo hubiese esperado.

Me he sentido al perro como al que después de darle un premio le dan una patada.

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