Ella se caía, y yo la abrazaba, y ella se escurría de mi abrazo.
Tan líquida, tan negra, como si fuese petróleo. Y si ella hubiese sido algo, hubiese sido petróleo. tan en el fondo, tan condenado.
Cuando me miraba y me preguntaba si creía que se salvaría yo le decía que sí, y la estrechaba más fuerte. Escondía su cabeza en mi pecho. Que me hubiera gustado que fuese más grande para que la protegiese más del mundo. Y le volvía a decir que si, se lo repetía una y otra vez intentando convencerme.
Ella nunca se lo creía. Y me miraba con cariño, como diciendo no pasa nada. Como si ella fuese mil años más vieja y más grande que yo, y yo sólo fuese polvo intentando ocultar su agujero negro.
No podía, claro que no podía. Pero ella me pesaba en el corazón como una vida, y tiraba cada vez más fuerte de mi hacía el abismo.
Ella se caía, se caía cada vez más abajo, hacía su interior, se replegaba una y otra vez sobre su cuerpo. Y cuando la mirabas no sabía si era humana. Sus grandes ojos de perdedora siempre estaban llorosos y fríos, como mares en enero.
Todo su cuerpo era una tormenta helada y furiosa. Que gritaba, y se arañaba con sus manos desgarradas, se destrozaba para ,después, recomponerse un poco más rota.
Su mapa estaba lleno de cicatrices y remendones.
Era una muchacha triste, pero era la mejor muchacha que podías conocer. Ella amaba la vida que le negaba su existencia. Y cada vez que alguien la sonreía ella se encendía y parecía brillar de verdad, de verdad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario