La brisa se cuela, leve, por la ventana. Y el día es azul. Los pájaros cantan a lo lejos, los gorriones. Como el que sostuve muerto el otro día en mis manos. La tranquilidad se cuela, leve, por la ventana. Y la tristeza es azul. Y la alegría canta a lo lejos, la risa. Como esa sonrisa disecada que sostuve el otro día en mis manos, muerta. Y la cortina se agita, porque sabe que algo acaba de entrar, pero no sabe muy bien qué es.  El aire escapa dentro de mi casa, sin saber que aquí tampoco estará seguro. Se lo digo. Le explico pausadamente y con largos silbidos que siempre habrá alguna rendija por la que pueda escurrirse. No le parece bien.

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