Él le ofreció una mentira envuelta en uno de esos papeles de cumpleaños tan bonitos. Ella la cogió con cuidado. Con miedo de que se la llevará el viento. Y la guardó.
Y cuando se acabó el verano la arropó para que no pasase frío.Y de de vez en cuando, bien arropada, la sacaba a pasear con una pesada cadena.
Comía con ella, y dormía y la lavaba despacio con una vieja esponja húmeda para que no se desgastase.
La peinaba y la daba de comer con una pequeña cuchara cosas incomibles, incluso le ponía un babero no fuera a ser que se manchase.
Y la quería. La amaba.
Hasta que un día mirando la mentira y mirándose se dio cuenta de que la quería más que a él.
Se dio cuenta de que siempre había sido la mentira, pero que era mentira.
Pero la mentira no se la dio él. La mentira la hizo ella, Ella le inventó dándosela, Ella le inventó.
Él nunca fue lo que ella pensó, sólo fue lo que quiso ver.
Él fue la excusa inventada para esperar algo que no vendría sin tener que sentirse mal por no esperar nada, él fue la excusa para resignarse, para sufrir una vez más. Porque en el fondo era lo único que se le daba bien.
Cansada miró la mentira y se vio en ella. Miró al frente, y las vio a las dos reflejadas en el espejo. ¿Qué es la realidad, amiga? Le preguntó en voz baja mientras la acariciaba. Y ella la miró con el vacío pintado en los ojos.
¡Y rompió el espejo! ¡Y deshizo el engaño! ¡Y ahora está sola!¡Sola!¡Sola! En una casa abandonada donde después de un tiempo olvidado por fin sale el sol.
Y se siente mal, y se siente bien, y no sabe que hacer.
Pero es real.
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