El caminante (II)

El caminante no sabía, no esperaba. Era una nada con un par de piernas, o un par de pies. Y se movía, lentamente, como una ondulación entre paréntesis. No sabemos si caminaba porque quería, o porque lo único que sabía hacer era caminar.
Dicen que alguna vez supo muchas cosas, cosas importantes y cosas difíciles, que era un hombre sabio y respetado. Pero que un día descubrió que no se conocía. Salió a la calle y preguntó a la gente " ¿ Sabéis quien soy?" y ellos le dijeron " Por supuesto, tu nombre es tal, eres hijo de cual, y trabajas en esto".
Se dio cuenta horrorizado de que ni él sabia lo que era, ni nadie lo sabía.
Nuestro pobre caminante estaba demasiado confuso, más bien loco habrían opinado otros. Pero eso al fin y al cabo da igual. Loco o cuerdo se dio cuenta de que en realidad no sabía nada.
¿Qué hacer?
Aún no lo sabe. Si alguien le pregunta que hace, casi nunca contesta, y si está de buen humor dirá que camina. Pero nunca dirá por qué, porque él mismo no lo sabe. Sabe pocas cosas, y ni siquiera sabe si son ciertas. Camina, porque le gusta caminar, por eso lo hace. Y ve lo que sabe y sabe lo que ve, flores, pueblos, ciudades.
Le gustan los parques. Mirando a la gente, a veces se siente solo. Él mira, pero no comprende. No sabe si al acercarse a alguien, ese alguien le mirará como si estuviese loco y se horrorizará. Y tiene miedo, miedo de la cara que pondrán, de lo que dirán. Porque él no sabe, y nadie lo entiende, porque ellos tampoco saben, pero creen que sí.

Y cuando ellos bajan la mirada, ven sus pies llenos de harapos, y alzan la cabeza para preguntar. Él se muere un poco por dentro, porque le duele un poco todo, y le duele más la nada. Por eso camina, y no espera, y camina, y no quiere. Es una nada hacia nada, y sólo tiene horizontes infinitos que nunca terminará de atravesar.

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