Crónica del pájaro que da cuerda al mundo

Parece que la cosa no tiene éxito, que nadie escucha. Daría igual lo alto que gritase, la gente siempre tendrá la excusa de que estaba demasiado lejos, y si no demasiado lejos si lo suficiente para no escucharte. Siempre hay excusas y da igual lo malas que sean, tienes que tragártelas con una sonrisa.
No sé por qué escribo esto, puede que porque estoy cabreada aunque no sé por qué, o sí sé, qué coño, claro que sé, pero son muchas cosas y ahora no hay tiempo de explicarlas, o sí, cosas como que este pueblo es una pesadilla fantasma del pasado a la que tengo que volver una y otra vez como las olas a la playa, y da igual lo mucho que mis manos se aferren a la arena, las olas me devuelven siempre con el mar. Ya me gustaría que mi pueblo fuese el mar, que lo que hace conmigo fuese como el vaivén de las olas.

Aquí, tirada, sin saber que hacer, sin tener voluntad para hacerlo, aquí yazco yo, joven y esperanzada, vieja y aburrida, rebelde sin causa, defensora de las causas perdidas; con miedo de la vida, de no saber encontrarme, de no encontrar nada, de despertarme un día con las manos vacías y ya sólo ver un agujero en mis manos por el que se escurre todo.

No, no sabemos como son las cosas pero podemos intuirlo: Eso, esa sombra que se escapa siempre por el rabillo del ojo, ese ruido inexplicable, la estúpida frialdad de algunos ojos.

No me he movido mucho, y no sé por dónde debería moverme. No sé si sería mejor cambiar las cajas de sitio o dejarlas exactamente donde están. Eterno retorno sí, pero cuando empiezas ya no hay manera de parar, es un puñetero pozo sin fondo. Cuando era pequeña leí un libro sobre brujas, un concurso, acabo de acordarme, una le quitaba a un pozo su fondo y el pozo chillaba, pero no chillaba porque no tenía boca, era un sonido sobrenatural, y de eso es de lo que yo tengo miedo, de que le hayan arrancado al pozo su fondo y no haya nada en lo que se pueda pisar tierra firme

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