Ella era delicada y ruda,
áspera y dulce,
grande pero pequeña,
de hierro de cristal.
A sus dedos venían los mundos deseosos de girar,
se apostaban junto a ella, diligentes,
para que con tan sólo un toque de sus dedos
ella les diese la fuerza para instalarse en la eternidad.
Ella era caprichosa y razonable,
exigente y permisiva,
callada pero habladora,
invisible y de piedra.
Los escépticos venían a apreciar las maravillas de sus deseos hechos realidad.
Y todo el mundo quería creer que lo que ella creía era de verdad,
Y todo el mundo tenía miedo de que la verdad no fuese suficiente.
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