Oda a la infancia malperdida

Casi recuerdo a mi abuela diciendo que jamás usaría un bastón, y los colacaos con cereales, cereales de bebe.
El patio en verano, cuando le dábamos la vuelta a la tele y nos poníamos todos en las butacas, cenabamos ahí fuera, y yo cenaba unos huevos medio hechos medio no que ya ni siquiera recuerdo como se llaman. Y a veces me bañaba en la piscina, aunque era de noche y estaba oscuro, pero era una piscina de plástico y no era honda, y yo me imaginaba que caminaba por el agua y que parecía un dinosaurio en busca de su presa.
Le daba masajes a mi prima, y la peinaba, siempre decía que me iba a pagar pero luego nunca lo hacía.
Y mi tío se tumbaba en una hamaca grande y se dormía y roncaba, y mi tía también.
Yo me peleaba con mi primo Miguel porque me quitaba los juguetes, y el pellizcaba, o yo, y yo mordía, o él.
Y mi abuela se sentaba en una de aquellas sillas verdes de metal.
Mi madre igual, y comía patatas, y se tomaba una cerveza.
Estaba India, que siempre estuvo ahí. Hasta que todo se fue a la mierda.
Yo me fui antes que la casa, pero antes de que me diera cuenta ella también se había ido.
Aquella casa fue una cosa más de la que jamás me despedí,
Y ahora es cuando me doy cuenta de cuanto la echo de menos.
Echo de menos el huerto en verano, con las mariquitas, y el columpio, y las ovejas y las gallinas. Cuando las perseguía con Raquel. Y las ardillas. Recuerdo que hacía una macedonia después del colegio, con el asco que me dan las manzanas, para llevársela, y mi padre la metía en la jaula con un guante amarillo. Aún lo tengo.
Dónde teníamos las ardillas, también había palomas, y canarios pero aparte. A veces me metía con los canarios, e intentaba imitarlos, y piaba y piaban y soñaba con lograrlos entender.
Y en la piscina vieja y asquerosa había dos tortugas, pero se murieron.
Antes se murió una oveja, y después la otra, de pena.

Siempre le daba la vara a mi padre para que me construyera una cabaña, para hacer un club secreto, uno genial. ¡Hasta clavamos cuatro palos! y para mi eran los cuatro palos más bonitos del mundo.
Pero nunca hubo cabaña.
Y el salón, el salón de casa de mi abuela. Yo me crié en ese suelo, jugando a las piezas de construcción, acariciando al gato tuerto. Recuerdo que estaba sentada sobre esas frías baldosas de mármol verdes, blancas y negras mientras anunciaban en la tele los atentados del 11-S.
Mi tía me traía puzzles y yo los hacía y luego los metía donde mi abuela guardaba el pan duro, y cogía un cacho de pan. Cuando me veía con él decía que me parecía a mi abuelo.
También había una despensa, pero no era una despensa, era mucho más grande y había una chimenea, y hasta un frigorífico, y allí metíamos a los perros, a India. Olía a humo y a polvo, y estaba sucio.
Y la bodega, había una bodega llena de cosas inservibles.
El huerto, con los alambres en la vereda de la piscina, dónde mi abuela tendía la ropa, con el moral, con los columpios.
La casa, con todo.
Casi nunca me acuerdo de ella, pero es que me duele acordarme.
Esa casa fue mi infancia, y me fui, y ella se fue.
Y ahora me da la sensación de que ya no queda nada, y que lo que queda poco a poco se jodiendo, más.
Son demasiados adioses con la mano a medio alzar, adioses cobardes a medio hacer. Hasta luegos de dolor que vuelven con la memoria del recuerdo.
Lo peor de todo es que ya no puedo gritarlo. Ya no puedo. No puedo desandar el camino, llegar a la casa de mi abuela, la de verdad, la que fue, a la que quise ir, en la que quería quedarme a dormir, a vivir, no ésta.
La casa de mí abuela ya no está, como tantas cosas. India se murió y ni siquiera se cuando.
Demasiados demasiado tarde que se me atragantan.
Ya sólo que mirar atrás y lamentarse.

1 comentario:

  1. Marini, tu entrada no es la mejor redactada, ni la entrada con más orden que he leido nunca, pero es la única de todas las entradas de todos los blog que conozco y que he leido en la que me he emocionado, no entiendo aun por qué. Es precioso y espeluznante como recuerdas todo eso, incluso como recuerdas y describes los aromas, los sentimientos, yla sensación de dolor a que nada terminara como soñabas de niña, de que todo acabara sin avisar... sobre todo ese dolor. A veces me encantaria que me contaras cómo lo recuerdas todo, qué pasó, que te pasa, cómo eres... por qué de repente te congelaste. Yo qué sé, la verdad es que no sé ni de lo que hablo.
    Son las siete y media de la mañana y estoy despierta, a lo mejor es que se me han juntado las legañas con tus palabras y ha reaccionado mal químicamente... no lo sé.

    Pero ahora lo que queda es seguir...


    Ya hemos ganado juntas un concurso de galletas :)
    Buenos días guapa =)

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