Cuando ella llegó hasta mi ya era demasiado tarde, estaba muy hundida, era como los barcos esos de los que ya sólo se ve la popa que va cayendo lentamente al fondo del mar, y lo único que esperas es que desaparezca del todo. Ella era como esos barcos, ella siempre asomaba su frágil cuerpo a oscuridades de las que luego no era nunca capaz de salir completamente.
Eso lo supe después, cómo todo lo que llegué a saber alguna vez sobre ella, o lo que creí saber.
A menudo pensaba que estaba loca, o mortalmente herida. Aún hoy a veces lo creo.
Nunca llegue a verla de frente. Siempre terminaba apartando la mirada en el momento justo para evitar el choque. Ella reía. Se reía de todo como si el mundo fuese una gran broma, como si estuviese hecha de risa, como si estuviese hecha de aire que se tambalea.
Yo no quería que se fuese, y cuando la miraba a los ojos, se lo gritaba tan fuerte como podía gritarlo sin que me escuchase, y cuando dormía casi se lo susurraba, y cuando la abrazaba. Yo intentaba que no se rompiese.
Pero ella nunca supo que era de cristal. En las noches de luna llena brillaba.
Se empeño en venderse por sus sueños, y nunca se dio cuenta de que fueron sus sueños los que la vendieron a ella.
Y luego a ella ya no le quedaban más que sobras de futuros, que de puro perseguirlos, y de correr tras ellos, y de tropezar, los había pasado.
Ni siquiera se despidió, y cuando quise buscarla, tuve miedo.
Aún me pregunto si se la llevo la serpiente que siempre tuvo en la cintura, o si acabó en una esquina, a ella siempre le gustaron los cruces. Solia correr al centro y girar, y correr, y obligarme a seguirla jadeando, para llegar a caminos que dejábamos apenas habiendo empezado a caminarlos.
Ella siempre estaba lejos.
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