El hombre muerto.

A veces me pregunto si se nos perdió algo importante. Algo verdaderamente  importante, y no quisimos darnos cuenta.

Tú siempre creíste que todo saldría solo, que seria como acariciar aceite, que todo se deslizaría hasta el final, y hasta pasaría de largo.
Pensabas, porque no te había pasado nunca, que las desgracias se bebían de un trago, que bastaba con un par de botellas de ron para olvidar. Y cuando las botellas se terminaron, tú casi terminaste por ahogarte en ti mismo.
Y las esquinas no te querían, y las calles, las aceras, te insultaban mientras recorrías el mundo con desprecio, con ganas de vomitar sin saber por qué, sin ganas de llorar pero queriendo hacerlo. Era estúpido pensar que llorando arreglarías algo, pero casi siempre lo piensan, y tú querías pensarlo. Necesitabas creer en algo, aunque no valiese la pena. Como siempre.

Le dabas la vuelta a todo, tantas veces que ni siquiera sabías si, al final, lo que de verdad estaba al revés eras tú. Y tal vez tenías razón.
Tantos rodeos para caer siempre al suelo.

Escribí muchas cosas sin sentido antes de renunciar a describirte, y ahora sólo intento escribir algo que al leerlo suene como tú. Si es que alguna vez supe como sonabas cuando te decía, cuando intentaba llamarte por tu nombre. Porque por mucho que quise nunca fui capaz de verte más allá de mis ojos. Y tú sólo veías el tiempo sangrando en tu cuerpo.

Hace muchas madrugadas que nuestros cuerpos se perdieron en lugares distintos, entre cuerpos distintos.


 Y luego siempre está el frío más allá de los huesos, y la luz.

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