Cada mañana nos vestíamos frente al espejo. El sujetador, el frío de la mañana, los pies descalzos bailando sobre el suelo. Nuestra ropa era demasiado grande, pero nosotros no lo sabíamos. Usábamos sueños demasiado grandes, escapábamos con ellos y luego, como siempre pasa, nos dejaban tirados.
Los sueños buenos son los de usar a tirar, los que ni siquiera son sueños sino que son presentimientos de futuros. Futuros fáciles, hay que desear cosas sencillas, cosas asequibles, consumismo. Cuesta tan poco hacer una camiseta, hay tantas camisetas, nadie necesita más camisetas, pero PODEMOS comprar más camisetas, y más entradas de cine, y más comida rápida. Aunque tengamos la boca tan llena que ya no consigamos tragar siempre podremos comprar alguna hamburguesa más.
Tu hija quiere hamburguesa, y camisetas baratas, faldas, pinturas y ella puede comprárselas y puede tenerlas y puede quererlas.
¡Queramos lo que podamos tener! Queramos pisos que sean como cajoneras, amigos que sean como opio, novios que sean como opio, trabajos que sean como opio, y que todo el mundo nos diga que todo eso que tenemos está muy bien. Todo está muy bien, no hay que preocuparse.
Teníamos sueños demasiado grandes, tan grandes que en realidad nunca los tuvimos, pero al menos podíamos imaginarlos, luego ya no nos dejaron, nos aplastaron la cabeza, y nos la oprimieron hasta que ya sólo cabía en una cajonera. Y nos metimos en una cajonera.
Yo siempre quise un coche, un coche rápido. Pensaba que si lo conseguía no importaría lo mal que estuviesen las cosas, siempre tendría tiempo de escapar. Quería un coche, quería un coche más de lo que quise nada en el mundo. Pensaba que con mi coche todo estaría bien, no me haría falta ser alguien, porque una rata con un buen coche ya es alguien. Yo sólo quería un coche.
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