Somos cuerpos solos
perdidos en el ansia de algo (que no conocemos)
Nos puede la ternura de las noches
el ansia de un amor que no tenemos.

Hay una palabra especial
una palabra que desvanece el mundo,
Olvido.
Ovidio en su concha no sabe que lo recordamos
vagamente.

La ligera sombra de un recuerdo que nunca fue
me persigue más allá del fin del mundo.
A cada instante se tensa un poco más
la cuerda que te suspende en el río,
La corriente rueda y baila
pero tus pies tienen frío.
Sudan en el miedo a lo desconocido.

No sabes dónde caer para que duela menos
pero caigas donde caigas irás al vacío,
uno u otro al fin y al cabo son el mismo
el vacío de tus ojos igual al de tu pecho vacío.
Y no hay vacío más grande que el que se extiende
entre tu cuerpo y el mío.

Salta de esa cuerda
te invito a caer más allá del fin del mundo
a donde no llegan los navíos
(Siempre cayendo de inmensidad en inmensidad)

Tus labios navegan entre nubes de sal
y dulces mares dulces.
Te haré un barquito entre mis manos
para que te escondas en invierno
hibernarás allí dentro
no importa el tiempo.

Siempre te quedará un resquicio de locura
para refugiarte en mi cuando tengas frío
y el viento helador de las madrugadas
que descubre el hedor de los cuerpos desconocidos
no alcanzará hoy tu almohada
porque tu cuerpo yace en orillas de otro mundo
entre finísimo y puro olvido.

No hay recuerdo sin pena
ni hay pena sin recuerdo,
sólo un eterno suspiro que despierta al muerto melancólico
que se esconde entre los cipreses del cementerio
y espía a su amada entre los arboles cuando ella va a compadecerse de sí misma.
Y mientras ella le deja flores, losas de pétalos de recuerdos sin alma,
él no para de pensar en lo injusto que fue siempre el mundo para los vivos.

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