Motivos para babear.
Era un niño y le enseñaron el mayor caramelo que jamás hubiese podido imaginar. Ellos sabían lo que pasaría, pero él no sabía nada. Sólo tengo que comermelo pensaba, me lo comeré y punto, y será genial. Pero nada es tan genial como parece, y el caramelo no era tan bueno. El pobre niño creyó que las cosas son lo que parecen, y el caramelo no era lo que parecía, y aunque lo hubiese sido, al niño no le habría parecido igual. El caso es que las cosas que se presienten siempre se sienten peor que las que vienen de improvisto. Es imposible decir cuando será la próxima vez que sonrías, ni por qué sera, ni cómo será tu sonrisa. Pero aunque nada sea como creías, la verdad es que nunca faltan motivos para sonreir.
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