Si la vida entera fuese una caricia no habría que preocuparse. Si la vida entera fuese un dulce roce de una mano suave y amante, entonces, no habría que preocuparse. Si la vida entera y para siempre, sin que empezase, fuese un eterno suspiro erizando tus oscuros pezones, entonces, entonces nunca habría que preocuparse.
Pero las noches se pierden en las alcatarillas de los bares de la mala muerte, y en los agujeros. Cuando las almohadas se hacen de piedra sólo queda dormir en el suelo.
Pero estas noches y estos días se viven y se olvidan, se congelan como eneros, se incendian como
septiembres.
Hay que huir del banquete, antes de que nos escondan los sombreros.
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