Lo que nunca nos dijimos

Todo está dado la vuelta, y lo que es peor, se pueden ver también las costuras.

Le dije que se vistiese, pero no lo hizo lo bastante rápido. Y ahora la cosa está así.

Podría decir que me lo advertiste, pero nunca se me ha dado bien reconocer los errores.

Sí, la niña que el otro día nos encontramos por la calle te miraba con ojos de cordero degollado y se estaba muriendo de hambre, pero tú no quisiste darle nada.
Es sólo una niña, pobre niña, dijiste, hay veces que se empieza tan mal que más vale rogar por un game over. Claro que cuando sale en la pantallita parpadeando a nadie le gusta mirarlo.

Dijiste también (Porque siempre te ha gustado decir ese tipo de cosas que a la gente no le gusta escuchar) que la manzana, en realidad, nunca fue mordida. Que si eso era pecado, entonces no querrías saber como llamaría Dios a eso que tú hacías, a lo que hacíamos.
Siempre intentabas mirar más allá, detrás, la verdad se esconde detrás decías.

Después de todo me di cuenta que en realidad no sabías nada, de que yo tampoco sabía. Las miradas no siempre son iguales, y los años son todos distintos y oscuros.

Lo que de verdad importó fueron las palabras. Las palabras que no supimos decir, las cosas que quisimos, de las que nunca supimos su nombre, y las que si supimos como se llamaban, pero que nunca nos atrevimos a  pronunciar.

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