Los domingos son siempre unos días muy raros. Cómo unas sobras de semana, unos días de relleno. De repente, sin que te des cuenta, se termina el esperado sábado, y llega el domingo, como colándose sin querer por la esquina, sin que nadie le esperase. Y es que ¿Quién busca el domingo? Pero él siempre termina por encontrarte.
El séptimo día de la semana es para estar ausente del mundo, como mandan las sagradas escrituras, para encerrarte en tu casa y atrincherarte, felizmente o jodidamente, porque no se me escapa el efecto deprimente de ciertos domingos.
Aunque, hoy, que mi progenitora ha abandonado la casa y a mi, para irse de marcha a Asturias, me siento extrañamente feliz aquí escondida del mundo. Es esa soledad tan agradable de los adolescentes cuando , por fin, se encuentran solos y se creen suyos los dominios ajenos. Libres, mayores.
Más libre, más ligera, más, más. Bien podría estar así siempre.
Hoy, si el mundo me gustase, creo que me lo comería.
Es verdad. Los domingos siempre tienen un algo de recopilación o de epílogo, y es cuando más se siente la soledad. Son días perfectos para ir en bolas por casa y sentirse desnudo de accesorios.
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